Mi niña se quedó pensando.
—¿Ya no me quiere?
Sentí que se me rompía el corazón.
La abracé.
—Tú no hiciste nada malo, mi amor. Los errores de los adultos nunca son culpa de los niños.
Sofía apoyó la cabeza contra mi pecho.
Después me preguntó si podía ponerse su chamarra amarilla.
La misma que había recuperado como parte de sus pertenencias, después de que las autoridades concluyeron las diligencias necesarias.
La había lavado y guardado durante meses.
Todavía conservaba el pequeño botón rojo en una cajita.
Aquella mañana lo cosí nuevamente.
Mientras lo hacía, pensé en Mateo.
En su madre, que había participado en un plan terrible sin imaginar que terminaría destruyendo la vida de su propio hijo.
Y en Ricardo, que había sacrificado toda su familia por dinero, apariencias y ambición.