Meses después, regresé a la página de citas. Cambié mis fotografías y mis preferencias, y me prometí que, si volvía a conocer a alguien, no confundiría las conversaciones agradables con la confianza verdadera.
Y establecí una regla que nunca volvería a romper: primero nos conoceríamos en un lugar público, comprobaríamos quiénes somos realmente y dejaríamos que la confianza creciera poco a poco.
Porque aquella experiencia me enseñó algo que nunca olvidaré: la soledad puede hacernos bajar la guardia, pero no debemos permitir que el miedo a estar solos nos haga ignorar nuestras propias dudas.
A los cincuenta y cuatro años, todavía tenía derecho a enamorarme, a sentir ilusión y a comenzar una nueva etapa de mi vida.
Pero también tenía derecho a decir que no.
Y, sobre todo, comprendí que perdonar a alguien no significa darle otra vez un lugar en nuestra vida.