Nada de aquello justificaba lo que había hecho. Pero, al menos, estaba escuchando una explicación que llevaba décadas esperando.
—¿Y por qué ahora? —le pregunté.
—Porque estoy envejeciendo —respondió—. Hace unos meses enfermé y pasé varias semanas en el hospital. Allí comprendí que quizá nunca tendría otra oportunidad de pedirte perdón. Empecé a buscarte en Internet y encontré tu perfil. Cuando vi tu fotografía, sentí que debía intentarlo.
Lo observé en silencio.
El hombre que tenía delante ya no era el marido joven que yo recordaba. El tiempo había cambiado su rostro, su voz y su manera de caminar. Pero yo tampoco era la misma mujer. Había criado a nuestros hijos, había trabajado durante años y había aprendido a vivir sin él.
Y, aunque su regreso me había sacudido profundamente, comprendí que no necesitaba tomar una decisión en aquel mismo instante.