Me quedé mirando la palabra «domingo» hasta que se me desenfocó.
Mi madre, que nunca ha faltado a una cena de los domingos. Mi madre, que anoche arrastró una maleta ajena hasta su dormitorio y echó la llave no para escondérmela a mí, sino para poder mirarla ella sola un rato y prepararse.
Me levanté con la hoja temblándome en la mano.