Mientras esperábamos, Richard me tomó la mano.
—Tengo miedo, Sarah.
Lo miré sorprendida.
Era la primera vez que mi padre admitía su miedo sin esconderlo detrás de una broma o una frase práctica.
—Yo también —respondí.
—No sé qué haría si te pasara algo.
—Y yo no sé qué haría si te pasara algo a ti. Pero podemos dejar de intentar resolverlo todo solos.
Él asintió.
Cuando nos llamaron, entramos juntos.
La doctora revisó los resultados y nos explicó que el análisis inicial no bastaba para establecer un diagnóstico. Era necesario completar las pruebas y valorar los hallazgos en conjunto.
No nos ofreció una respuesta milagrosa ni prometió que todo saldría bien.
Nos explicó qué sabían, qué no sabían y cuáles eran los siguientes pasos.
Por extraño que pareciera, aquella honestidad me tranquilizó más que cualquier promesa.