Robert lo miró largamente.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
Daniel bajó la cabeza.
—Porque tenía vergüenza.
—¿De mí?
—De todo. De tu enfermedad, de mi rabia, de no saber qué hacer. Me avergonzaba que mis amigos vieran nuestra casa y supieran que no éramos la familia que yo quería tener.
Robert permaneció callado.
Después extendió una mano hacia su hijo.
—Daniel, yo tampoco sé cómo salir de esto. Desde que murió tu madre, he dejado de luchar. Me escondí detrás de la comida y del alcohol porque no sabía cómo soportar el dolor.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Pero no debí dejar que tú cargaras con todo.
Daniel tomó su mano.
Era la primera vez en meses que se tocaban sin que uno de los dos estuviera enfadado.
—No quiero que te mueras, papá —susurró el muchacho—. Solo quiero volver a tener una vida.