—¿Y por qué no se lo dijiste antes? ¡Ese hombre lleva toda la noche llorando!
Daniel no respondió.
Ellen miró a Robert, que intentaba ocultar las lágrimas, y sintió que se le partía el corazón.
—Robert, querido, ¿sabes adónde vas?
—No, Ellen. Mi hijo dice que ya no puede cuidarme.
La mujer se volvió hacia Daniel.
—¿No puedes cuidarlo o ya no quieres hacerlo?
—¡No lo entiende! —exclamó él—. ¡No sabe lo que es tener dieciocho años y sentir que no puedes salir de tu propia casa sin preguntarte si tu padre sigue respirando!
Ellen guardó silencio.
Daniel continuó, con la voz quebrada:
—He dejado de salir con mis amigos. No invito a nadie. Me despierto por la noche cuando lo escucho llamarme. Tengo miedo de encontrarlo muerto cada vez que entro en su habitación.
Por primera vez, la mujer vio algo distinto de la rabia en sus ojos.