Un joven de 18 años sentía tanta vergüenza de su padre, que pesaba 201 kilos, que incluso prohibía a sus amigos entrar en su casa y no permitía que nadie tuviera contacto con él. Su padre había engordado tanto que ya no podía caminar, bañarse ni siquiera ir al baño sin ayuda. Un día, delante de los vecinos, el muchacho gritó: «¡Me das asco! ¡Has arruinado toda mi vida! ¡Ojalá nunca hubiera tenido padre!». Pero lo más aterrador ocurrió tres días después, cuando todo el vecindario quedó sumido en el luto…

Una tarde, Ellen los encontró sentados juntos en el jardín del centro.

Robert tenía una manta sobre las piernas y Daniel le enseñaba fotografías de sus compañeros.

—¡Mira, papá! Este es el profesor que te conté. Dice que, si sigo esforzándome, puedo solicitar una plaza para estudiar mecánica.

Robert sonrió.

—Siempre has sido bueno con las manos. Tu madre estaría orgullosa de ti.

Daniel guardó silencio un momento.

—¿Crees que mamá estaría enfadada conmigo por cómo te traté?

Robert le tomó la mano.

—Creo que nos pediría a los dos que dejáramos de castigarnos por nuestros errores y empezáramos a hacer las cosas mejor.

Daniel bajó la cabeza.

—Ojalá hubiera entendido eso antes.

—Yo también, hijo.

Se quedaron juntos mirando cómo el sol descendía detrás de los edificios.

Robert todavía pesaba mucho. Aún necesitaba ayuda para numerosas actividades cotidianas y nadie podía asegurar cómo evolucionaría su salud.

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