Daniel se acercó a la cama.
—Leí tu carta.
El rostro de Robert cambió.
—No quería que la encontraras así.
—¿Por qué no me dijiste que estabas tan mal?
Robert miró sus manos.
—Porque soy tu padre. Se supone que debía protegerte, no pedirte que me salvaras.
Daniel sacó una silla y se sentó a su lado.
—No tienes que salvarte tú solo. Y yo tampoco puedo hacerlo todo solo.
Robert levantó la mirada.
—¿Estás enfadado conmigo?
Daniel pensó en todas las veces que había gritado, en los insultos que había pronunciado y en el miedo que le había acompañado durante meses.
—A veces sí. Pero también te quiero.
Robert comenzó a llorar.
—Yo también te quiero, hijo.
Daniel se inclinó y lo abrazó con cuidado.
No fue un abrazo capaz de arreglar cuatro años de dolor. Tampoco borró las palabras crueles que ambos habían escuchado y pronunciado.