—¿No le doy miedo? —preguntó.
—No.
—¿No le doy asco?
Cyrus se inclinó hacia delante.
—Me da asco la gente que se ríe de una persona indefensa. Usted no.
Josephine rompió a llorar.
Esta vez, Cyrus no intentó detener las lágrimas ni le pidió que fuera fuerte. Simplemente acercó una manta y la dejó junto a ella.
No la tocó hasta que fue ella quien extendió la mano.
Entonces él se la sostuvo con delicadeza.
Y aquella noche, por primera vez desde que era niña, Josephine se durmió sin cubrirse el rostro.
La historia que Josephine nunca había contado
A la mañana siguiente, la luz entró por las pequeñas ventanas de la cabaña.
Josephine despertó sobresaltada.
Durante un instante no reconoció el lugar. Después recordó el pueblo, las risas, el contrato y los cincuenta dólares.
Se incorporó de golpe y buscó el saco.