Poco a poco, la cabaña dejó de ser un refugio temporal y comenzó a sentirse como un hogar.
No porque desaparecieran las cicatrices.
Sino porque dejaron de ser lo único que ambos veían.
Con la llegada de la primavera, Cyrus construyó una pequeña mesa de trabajo junto a la ventana para que Josephine pudiera coser con buena luz. Ella plantó flores silvestres alrededor de la cabaña y cultivó un huerto que llenó de colores la tierra oscura.
Una tarde de mayo, mientras sembraban las últimas semillas, Cyrus dejó la azada a un lado.
—Josephine, hay algo que quiero preguntarle.
Ella se limpió las manos en el delantal.
—¿Qué sucede?
Cyrus parecía más nervioso que cuando se enfrentaba a un oso en el bosque.
—No quiero que se quede aquí porque crea que me debe algo. Ni por el dinero que entregué en el pueblo. Ni porque tema no tener otro lugar adonde ir.