Vendió sus tierras por 200 millones, llegó como un hombre sin hogar en sus 3 puertas de niños, y solo 1 se abrió

A las diez de la mañana, un automóvil negro se estacionó frente al pequeño local de quesadillas.

Un hombre de traje bajó del vehículo y preguntó por Don Aurelio Ramírez.

Teresa salió limpiándose las manos en el delantal.

—Es mi papá. ¿Pasó algo?

—Soy el licenciado Salgado, su notario. Necesito que nos acompañe a una reunión. Es importante que estén presentes sus tres hijos.

Teresa frunció el ceño.

—¿Mis hermanos también?

—Los tres, señorita. Su padre tiene algo que comunicarles.

Don Aurelio salió del cuarto vestido con su ropa vieja. Llevaba el mismo sombrero gastado y los mismos huaraches con los que había recorrido las puertas de sus hijos.

—Vámonos, hija. Hoy vamos a conocer el verdadero precio de una familia.

A las once y media, los cuatro llegaron a una elegante oficina en el centro de la ciudad.

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