—¿Qué pasa? —le pregunté.
—¿Puedo sentarme aquí?
Miré las cuatro sillas alrededor de nuestra mesa.
—Claro que puedes. Es tu casa.
Mi hija se sentó despacio.
Comió en silencio al principio. Después repitió dos veces.
No sabía si tenía hambre o si simplemente llevaba demasiado tiempo sintiendo que debía pedir permiso para todo.
Cuando terminamos, le pregunté si se sentía capaz de mostrarme los mensajes que había recibido de Verónica y Camila.
Me dijo que sí.
No revisé sus cosas a escondidas ni la obligué a recordar cada episodio. Dejé que ella eligiera qué quería enseñarme.
Había mensajes en los que Verónica le ordenaba limpiar antes de que regresara de la escuela.
Otros en los que Camila se burlaba de su ropa y le decía que parecía una sirvienta.
Encontré también una conversación en la que Verónica escribía: