—¿Y por qué no me mandaste un mensaje?
—Porque revisaba mi teléfono.
Mi hija sacó de un bolsillo una hoja doblada varias veces.
Era una carta.
Reconocí mi nombre escrito con su letra pequeña.
—La escribí hace dos meses —susurró—. Quería enviártela, pero me dio miedo.
Desdoblé el papel.
La carta comenzaba así:
Papá, te extraño mucho. Sé que trabajas para que no nos falte nada y no quiero darte más problemas. A veces siento que, si mamá estuviera viva, nadie me trataría así. Pero no quiero que pienses que odio a Verónica. Solo quiero que vuelvas a casa.
Tuve que sentarme.
No podía seguir leyendo.
Mi esposa había fallecido cuando nuestra hija era pequeña. Durante años, yo había trabajado jornadas interminables para asegurarle un futuro.
Había creído que mi mayor responsabilidad era darle una buena casa, una educación y estabilidad económica.