—Papá, por favor, no te enojes conmigo.
Aquellas palabras me dolieron más que cualquier insulto.
—Mi amor, ¿por qué iba a enojarme contigo?
—Porque no terminé todo. Si Verónica se entera de que regresaste y ve la ropa mojada, va a decir que soy una mentirosa. Y cuando tú te vayas otra vez, ella…
Se detuvo.
—¿Ella qué, Valeria?
Negó con la cabeza.
Me acerqué y le tomé las manos.
Estaban heladas.
—Mírame, hija. No voy a castigarte por decirme la verdad.
Valeria levantó los ojos lentamente.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Entonces se derrumbó.
Me abrazó con una fuerza desesperada y comenzó a llorar contra mi pecho.
Yo la abracé sin saber cuántas noches había pasado sola, cuántas veces había tenido miedo y cuántas veces había esperado escuchar mi voz al otro lado del teléfono para contarme lo que sucedía.