Iba a consistir en cientos de momentos como aquel.
Momentos en los que aprendería que podía equivocarse sin perder el amor de su padre.
Pasaron seis meses.
Mi trabajo seguía llevándome por las carreteras de México, pero cambié mis turnos en cuanto pude y aprendí a organizar mis viajes para estar más tiempo en casa.
Ahora llamaba a Valeria directamente.
Si no podía contestar, le dejaba un mensaje para que supiera que estaba pensando en ella.
Pero, sobre todo, empecé a escuchar.
Ya no preguntaba solamente por sus calificaciones.
Le preguntaba si estaba contenta, si tenía miedo de algo, si necesitaba ayuda y si se sentía segura.
Algunas veces hablábamos durante horas.
Otras veces solo compartíamos una cena tranquila.
Y poco a poco, mi hija volvió a ser la muchacha cariñosa que yo recordaba.
Un sábado por la mañana, mientras desayunábamos, Valeria puso dos platos sobre la mesa.