Aquella noche, cuando regresé a la casa vacía, encontré una fotografía de Mariana sobre la cómoda.
Era una imagen de cuando Valeria tenía cinco años.
Mariana la sostenía en brazos y ambas sonreían a la cámara.
Me senté frente a la fotografía.
Durante mucho tiempo había pensado que volver a casarme significaba darle a mi hija una nueva oportunidad de tener una madre en casa.
Había confundido mi deseo de reconstruir una familia con la seguridad de que había elegido a la persona adecuada.
No podía cambiar el pasado.
Pero sí podía dejar de cometer el mismo error.
Las semanas siguientes fueron difíciles.
Verónica alternó entre los reproches, las lágrimas y las promesas.
Primero dijo que todo había sido un malentendido.
Después aseguró que estaba agotada y que había perdido la paciencia.