Salomé la abrazó.
—Yo también tenía miedo.
—Lo sé, mi amor.
—Pero cuando te vi aquel día en la prisión, comprendí que tenía que hablar. No podía permitir que te quitaran la vida por algo que no habías hecho.
Ramira le acarició el cabello.
—Me salvaste, Salomé. Pero quiero que recuerdes algo: tú también merecías que alguien te protegiera. Nunca debiste enfrentarte sola a aquel secreto.
La niña asintió.
Después caminaron juntas hacia la salida del parque, tomadas de la mano.
Ramira nunca recuperó los cinco años que le habían arrebatado. No pudo regresar a los cumpleaños que se perdió ni borrar las noches de angustia que vivió su hija.
Pero consiguió algo que durante mucho tiempo había parecido imposible: recuperar su nombre, abrazar a su hija sin una barrera de por medio y comenzar una vida en la que la verdad ya no tuviera que esconderse.