—Tiene ocho ahora. Y recuerda cosas que usted preferiría que olvidara.
Por primera vez, Mauricio perdió el control de su expresión.
Se levantó.
—Exijo hablar con mi abogado.
—Por supuesto —respondió Méndez—. Pero tendrá que esperar.
Dos guardias aparecieron en la puerta.
Mauricio comprendió entonces que algo había salido mal.
Intentó marcharse, pero el coronel le pidió que permaneciera en la sala mientras llegaban las autoridades.
—¿Me está acusando de algo? —preguntó Mauricio con la voz endurecida.
—Todavía no. Estoy intentando averiguar por qué tiene tanto miedo de una niña de ocho años.
Mauricio no respondió.
Y en ese silencio, el coronel encontró algo que no había visto en el juicio: el miedo de un hombre que sospechaba que sus secretos estaban a punto de salir a la luz.
Capítulo 4. La última puerta
A las ocho y cincuenta y dos, el fiscal llegó acompañado por dos investigadores.