### Capítulo 4. El precio de la dignidad
Mientras la hacienda comenzaba a recuperarse, Evaristo empezó a cambiar.
Dejó de pasar las tardes en la posada y comenzó a acompañar a Don Jacobo durante las reparaciones. Aprendió a llevar registros y a negociar con los proveedores.
Pero había algo que todavía no se atrevía a hacer: pedirle perdón a su esposa.
Una noche, mientras cenaban, Magdalena dejó la cuchara sobre la mesa.
—¿Por qué te casaste conmigo de verdad?
Evaristo se quedó inmóvil.
—Ya conoces la historia.
—Conozco la apuesta. Quiero saber por qué aceptaste humillarme delante de todo el pueblo.
Él bajó la mirada.
—Porque era un cobarde.
Magdalena no dijo nada.
—Había perdido dinero, había decepcionado a mi padre antes de que muriera y no sabía qué hacer con la hacienda. Mis amigos se burlaban de mí porque no podía mantenerla. Cuando apareció la apuesta, pensé que al menos podría demostrar que todavía tenía valor para hacer algo absurdo.