—El plazo de pago vence dentro de treinta días —anunció—. Si no recibo la cantidad completa, iniciaré el procedimiento para tomar posesión de estas tierras.
Evaristo palideció.
—Habíamos acordado que podría pagar después de la cosecha.
—Los acuerdos verbales no sirven de nada cuando hay dinero de por medio.
Magdalena extendió la mano.
—Quiero ver los documentos.
Don Severo se rio.
—¿Ahora también entiende de leyes?
—No. Pero entiendo de cuentas. Y sé reconocer cuando alguien quiere cobrar dos veces por lo mismo.
El rostro del prestamista se endureció.
Magdalena había pasado noches enteras revisando los libros de la hacienda. Encontró intereses duplicados, pagos que nunca se habían descontado y una cantidad que figuraba como préstamo aunque existían recibos que demostraban que había sido devuelta.
No podía asegurar todavía que toda la deuda fuera ilegal, pero sí sabía que las cifras no coincidían.