Así que escribió una carta, reunió varias muestras y tomó el primer carruaje hacia la ciudad.
El viaje duró dos días.
Cuando llegó al establecimiento de un comerciante llamado Julián Montalvo, el hombre apenas levantó la vista.
—¿Viene a venderme mantas, señora?
—Vengo a ofrecerle un suministro regular de lana seleccionada y tejidos artesanales.
Montalvo examinó las muestras con desgana. Luego tocó una de las fibras y cambió de expresión.
—¿Quién ha preparado esto?
—Yo.
—¿Y cuánta cantidad puede entregarme?
Magdalena no mintió ni exageró.
—Esta semana, la que ve aquí. Dentro de tres meses, si usted cumple con los pagos acordados, podré ofrecerle el doble.
Montalvo sonrió.
—Me gusta su seguridad.
—No he venido a venderle seguridad, señor. He venido a venderle lana.
Firmaron un contrato por seis meses.
Cuando Magdalena regresó a El Manantial, llevaba el primer pedido importante de la hacienda.