También pagaba puntualmente.
En una época en que muchos trabajadores recibían salarios irregulares, aquella sencilla decisión convirtió a El Manantial en un lugar donde la gente quería trabajar.
Con las ganancias, compró nuevas herramientas, amplió los pastizales mediante acuerdos legales y adquirió una pequeña propiedad cercana con acceso a otra fuente de agua.
Luego creó una sociedad comercial con sus trabajadoras más experimentadas. Cada una aportaba sus conocimientos y recibía una parte de los beneficios correspondientes a su participación.
No era caridad.
Era una manera de construir un negocio en el que la prosperidad no dependiera de mantener a todos los demás en la pobreza.
Evaristo, por su parte, se convirtió en el administrador que la hacienda siempre había necesitado. Nunca pretendió atribuirse el mérito de los logros de Magdalena.
Cuando los comerciantes preguntaban quién dirigía realmente El Manantial, respondía sin vacilar: