El segundo año comenzó con una sequía.
Los arroyos se redujeron a hilos de agua y los campos cercanos se volvieron amarillos. Muchos ganaderos vendieron sus animales a precios miserables para evitar que murieran de hambre.
Don Severo aprovechó la situación.
Compró ganado barato, acumuló grano y ofreció préstamos a los propietarios desesperados. Su intención era quedarse con sus tierras cuando no pudieran pagar.
Magdalena comprendió que El Manantial no sobreviviría si dependía únicamente de la lana.
Durante meses había estudiado los antiguos canales que llevaban agua desde el manantial hasta las tierras bajas. Descubrió que una parte estaba obstruida y otra se había desviado para abastecer una propiedad controlada por Don Severo.
Con ayuda de los trabajadores, reparó los canales y construyó depósitos para almacenar agua. También reorganizó los pastizales, reservando parcelas para la estación seca y evitando que los animales consumieran toda la vegetación disponible.