La Mujer que Todos Humillaron Terminó Convirtiéndose en la Dueña de un Imperio

—¿Y te pareció valiente convertir a una persona en el objeto de una apuesta?

—No.

Por primera vez, Evaristo no intentó justificarse.

—No espero que me perdones —añadió—. Ni siquiera sé si alguna vez podrás respetarme. Pero quiero que sepas que lo que estás haciendo aquí vale más que todo lo que yo he conseguido en mi vida.

Magdalena lo observó durante un largo momento.

—No necesito que me adules, Evaristo. Necesito que seas un hombre en quien pueda confiar.

—Lo intentaré.

—No. Lo demostrarás.

Y él comenzó a hacerlo.

No se enamoraron de repente, ni desapareció el dolor de aquella primera mañana. El respeto se construyó lentamente, a través de decisiones pequeñas, de cuentas transparentes y de promesas cumplidas.

Magdalena no olvidó la humillación.

Pero dejó de permitir que aquella humillación decidiera su futuro.

### Capítulo 5. La tormenta que cambió todo

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