Porque nuestra amistad ya no era perfecta. Nunca lo había sido.
Pero ahora era más honesta.
Meses después, todavía había días en los que recordaba la carta de Daniel y sentía que me faltaba el aire. Tenía preguntas que nunca podría hacerle y respuestas que tendría que aprender a aceptar sin él.
Emily y yo también tuvimos conversaciones difíciles. Algunas terminaron en lágrimas. Otras, en silencios largos. Pero ninguna terminó con una mentira.
Poco a poco, aprendimos que perdonar no significa fingir que nada ocurrió. Significa decidir qué hacemos con lo ocurrido y si todavía existe algo por lo que merezca la pena quedarse.
Un año después de aquellas vacaciones, imprimí nuestra fotografía y la coloqué en un marco sobre mi escritorio.
Debajo escribí una frase:
«Treinta y siete años de amistad, una verdad difícil y una segunda oportunidad».