—Mis abuelos. Ellos fundaron el restaurante.
Señaló una fotografía de una anciana sonriente.
—¿Rosie?
Sonreí.
—Mi abuela.
Mikhail permaneció inmóvil.
Después se acercó a la fotografía.
—Conocí a esa mujer.
Lo miré sorprendida.
—¿Qué?
Su expresión cambió.
—Cuando tenía doce años, mi madre me traía a su restaurante.
Sentí que el corazón comenzaba a latir violentamente.
—¿En serio?
Asintió.
—Mi familia estaba pasando por un momento difícil. Rosie siempre nos servía sopa y pan, aunque mi madre no tuviera dinero.
Me llevé una mano a la boca.
Mikhail sonrió tristemente.
—Decía que ningún niño debía acostarse con hambre.
Las lágrimas comenzaron a recorrer mis mejillas.
Era exactamente lo que mi abuela me había enseñado.
—Nunca me contó esa historia.
Mikhail bajó la mirada.
—Tu abuela ayudó a muchas personas sin esperar reconocimiento.