—¡Papá!
Mikhail lo abrazó.
Después el niño se acercó a mí.
—Elena, ¿podemos hacer tarta?
Sonreí.
—Claro, cariño.
Misha levantó los brazos.
—¡Sí!
Durante una hora preparamos la receta de mi abuela.
Mikhail observaba desde una mesa cercana.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía relajado.
Cuando terminamos, Misha me entregó una pequeña porción.
—Para ti.
Sonreí.
—Gracias, chef.
El niño se rio.
Después señaló el libro de recetas.
—Mi mamá tenía uno parecido.
Sentí un escalofrío.
—¿De verdad?
Misha asintió.
—Era verde.
Mikhail levantó inmediatamente la mirada.
—¿Qué dijiste, hijo?
El niño frunció el ceño.
—Mamá tenía un libro verde. Lo escondía en su armario.
Mikhail se quedó completamente inmóvil.
—¿Recuerdas dónde?
Misha asintió.
—Sí.
Su padre respiró profundamente.
—¿Dónde, campeón?
El niño respondió:
—En la casa del lago.