Parecía arrepentido.
—¿Por qué hiciste todo esto? —pregunté suavemente.
Mikhail miró hacia el dibujo de Misha.
—Porque este lugar devolvió algo a mi hijo que creí perdido para siempre.
Después me miró.
—Y porque no quería que desapareciera el último pedazo de la mujer que alimentó a mi familia cuando no teníamos nada.
Aquella noche no pude dormir.
Pensé en mi abuela.
En las historias que me contaba sobre las personas que llegaban al restaurante sin dinero.
Siempre decía que una comida caliente podía cambiar una vida.
Yo pensaba que era solamente una frase bonita.
Ahora comenzaba a comprender que quizá había sido mucho más que eso.
Pero todavía había algo que no sabía.
Y lo descubriría tres días después.
Era viernes por la tarde cuando un hombre desconocido entró en el restaurante.
Llevaba un abrigo gris y una expresión demasiado seria.