En una ocasión escondió sus zapatos debajo de mi cama.
Cuando le pregunté por qué, respondió que así no tendría que salir con nadie si yo no podía ir.
Aquella frase me confirmó que necesitábamos ayuda.
Busqué una psicóloga infantil que trabajara con experiencias de miedo y separación. En las sesiones, Lily comenzó a expresar mediante dibujos y juegos cosas que todavía no sabía explicar con palabras.
La psicóloga me orientó para crear rutinas claras, evitar interrogarla repetidamente y recordarle que los adultos responsables deben cuidarla, no castigarla poniéndola en riesgo.
También me explicó que recuperar la sensación de seguridad podía tomar tiempo.
Yo quería que Lily volviera a sentirse tranquila, pero tuve que aprender a no exigirle que se recuperara al ritmo de mis deseos.
Una tarde me preguntó:
—Mami, ¿si una persona de la familia hace algo malo, todavía tenemos que verla?