Mi padre me había enseñado a revisar cuidadosamente cualquier documento financiero.
Siempre firmaba mi apellido con una línea recta al final.
Aquella firma terminaba con una curva pronunciada.
—Sarah, esto es falso.
La abogada asintió.
—Ya solicitamos un examen pericial.
Pasó otra página.
—Hay algo más preocupante.
Era una solicitud de préstamo.
La casa que mi padre me había dejado aparecía como garantía.
Sentí que el estómago se me revolvía.
—¿Cuánto dinero?
Sarah respiró profundamente.
—Cuatrocientos ochenta mil dólares.
Me llevé una mano a la boca.
—Dios mío.
—La operación todavía está siendo revisada. Hemos notificado formalmente que desconoces haber autorizado esos documentos.
Miré la fotografía de mi padre sobre la mesita.
Había trabajado durante cuarenta años para comprar aquella casa.
Era un hombre sencillo.
Nunca tuvo coches lujosos ni vacaciones costosas.