Pasaron varios meses.
La relación con mi familia política no se arregló de un día para otro.
Patricia comenzó a cambiar.
Dejó de hacer comentarios sobre mi apariencia y mi trabajo.
Aprendió a preguntarme cómo estaba en lugar de decirme lo que debía hacer.
Rodrigo buscó ayuda para controlar su temperamento.
Y aunque nuestra relación nunca volvió a ser cercana, comenzó a tratarme con respeto.
Yo mantuve mis límites.
Porque perdonar no significa fingir que nada ocurrió.
Significa decidir qué lugar tendrá lo ocurrido en tu futuro.
Pero la transformación más hermosa fue la de Sofía.
Comenzó a entrenar conmigo dos veces por semana.
No para aprender a golpear a otras personas.
Sino para desarrollar disciplina, seguridad y confianza.
Al principio era tímida.
Le costaba mantener el equilibrio.
Se frustraba cuando algo no le salía bien.
Pero nunca se rendía.