¡MI CUÑADO ME TIRÓ UNA CERVEZA ENCIMA FRENTE A TODA LA FAMILIA, SIN SABER QUE YO HABÍA SIDO CAMPEONA DE ARTES MARCIALES MIXTAS!

—¡A mí ninguna mujer me va a dar órdenes!

Y apretó todavía más mi muñeca.

—Tres.

Lo que ocurrió después duró apenas dos segundos.

Giré mi brazo hacia el espacio entre sus dedos, liberé mi muñeca y retrocedí lo suficiente para poner distancia entre nosotros.

Rodrigo intentó agarrarme nuevamente.

Esta vez levantó el brazo con brusquedad.

Yo esquivé el movimiento y, aprovechando su propio impulso, lo desequilibré con una maniobra de defensa que había practicado miles de veces.

Terminó sentado sobre el césped, completamente desconcertado.

No lo golpeé.

No lo lastimé.

Ni siquiera levanté los puños.

Simplemente lo había detenido.

El silencio fue absoluto.

Rodrigo me miraba desde el suelo como si acabara de descubrir que la persona a la que llevaba años humillando era una completa desconocida.

—¿Qué… qué demonios hiciste? —balbuceó.

Me acomodé la blusa empapada.

—Lo que te pedí desde el principio, Rodrigo. Que dejaras de tocarme.

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