Su rostro, que minutos antes estaba lleno de arrogancia, se había vuelto completamente pálido.
—¿Cómo que la propiedad nunca estuvo a mi nombre? —preguntó con la voz quebrada—. ¡Eso es imposible! ¡Llevo once años viviendo aquí!
Del otro lado de la línea, el licenciado Ricardo Salazar, abogado de nuestra familia, respondió con una tranquilidad que hizo todavía más evidente el nerviosismo de mi esposo.
—Señor Mendoza, vivir en una propiedad no significa ser su dueño. La mansión de Lomas de Chapultepec pertenece legalmente al patrimonio de la señora Elena Fernández. Tras su fallecimiento, la propiedad fue adjudicada a su sobrina Mariana Fernández.
Alejandro me miró como si acabara de ver a una desconocida.
—¿Mariana? —murmuró—. ¿Tú sabías esto?
Lo observé en silencio.
Durante once años había escuchado sus comentarios sobre lo afortunada que era por vivir bajo su techo.