—Mamá, no puedo dormir.
La levanté en brazos.
—¿Qué pasa, princesa?
Me miró con sus enormes ojos oscuros.
—Estaba pensando en algo.
—Dime.
—Cuando seamos grandes, ¿Mateo y yo también vamos a heredar mucho dinero?
Sonreí.
—Tal vez, mi amor. Pero espero dejarles algo mucho más importante.
—¿Qué cosa?
La abracé con fuerza.
—Un corazón que nunca humille a nadie por tener menos. El valor para defender lo que es justo. Y la certeza de que nunca tienen que soportar el desprecio de alguien para merecer amor.
Sofía apoyó su cabecita sobre mi hombro.
—Entonces ya somos ricos, mamá.
Sentí que el corazón se me llenaba de una paz indescriptible.
—¿Por qué dices eso, cariño?
Mi hija sonrió con los ojos medio cerrados.
—Porque tenemos una casa donde nadie nos grita… y porque nos tenemos los tres.
La abracé todavía más fuerte.