No había perdido mi valor como mujer.
Había recuperado la confianza que alguien llevaba años arrebatándome.
Y no había recibido simplemente una fortuna.
Había heredado el amor, el esfuerzo y los sueños de dos mujeres extraordinarias.
Antes de apagar la luz, abrí una última vez la carta de mi tía Elena.
Al final había una frase que no había dejado de acompañarme desde que la leí:
“Mi niña, nunca confundas el precio de las cosas con el valor de las personas. Una mansión puede comprarse. Una fortuna puede heredarse. Pero la dignidad, el amor y la bondad se construyen cada día.”
Besé la fotografía de mi madre.
—Lo logramos, mamá —susurré—. Tú, la tía Elena y yo.
Entonces escuché unos pasos pequeños detrás de mí.
Era Sofía, abrazando su osito de peluche.