Mateo me miró con una seriedad impropia de su edad.
—Mamá, cuando sea grande, nunca voy a tratar a una mujer como papá te trató.
No pude contener las lágrimas.
Lo abracé.
Alejandro permanecía inmóvil, escuchándolo todo.
Por primera vez, pareció comprender que no solamente estaba perdiendo a su esposa.
Estaba perdiendo el respeto de sus propios hijos.
Me levanté y guardé los documentos.
—Alejandro, quiero que tú y esta señora se marchen.
Él abrió los ojos.
—Mariana, no puedes echarme así. Soy tu esposo.
—Hace diez minutos me entregaste los papeles del divorcio y pusiste mis maletas en la entrada. ¿Ya lo olvidaste?
—Estaba enojado.
—No. Estabas seguro de que yo no tenía adónde ir.
La mujer intentó intervenir.
—Mira, Mariana, podemos hablar como personas civilizadas…
La interrumpí.
—Primero, quítate los aretes de mi madre.
Su sonrisa desapareció.
—¿Perdón?
—Esos aretes son un recuerdo familiar. No fueron un regalo para ti.