Y si ya es demasiado tarde, necesito que recuerdes algo: no eres responsable de todas las cosas que no pudiste arreglar.
No quiero que pases el resto de tu vida intentando salvarme después de mi muerte.
Quiero que vivas.
Quiero que vuelvas a reírte sin sentir que me estás traicionando.
Quiero que algún día vuelvas a enamorarte, si eso es lo que la vida te ofrece.
Y quiero que, cuando recuerdes nuestra boda, no pienses en los tres días que me quedaban. Piensa en el día en que fui tu esposa. Porque, aunque fue breve, para mí fue real.
Te amo, doctor gruñón.
Para siempre,
Alicia».
No pude contenerme.
Me cubrí la cara con las manos y rompí a llorar junto a mi coche, en el aparcamiento del cementerio.
Sofía me rodeó con los brazos.
Y por primera vez desde la muerte de Alicia, dejé de intentar ser fuerte.