Aquellas palabras me golpearon con una fuerza brutal.
Yo había dedicado mi vida a estudiar cómo salvar a las personas. Había aprendido a interpretar análisis, reconocer síntomas y tomar decisiones bajo presión.
Pero nunca me habían enseñado qué hacer cuando alguien a quien amabas se estaba muriendo y no existía ningún tratamiento capaz de cambiarlo.
Volví a tomar la carta.
Al final había unas líneas escritas con una letra más temblorosa.
«Lucas, no sé qué ocurrirá con este embarazo. Los médicos me han explicado que necesitamos una evaluación especializada para saber cómo está mi salud y qué opciones existen. No quiero que tomes ninguna decisión basándote únicamente en esta carta o en mis deseos.
Si todavía hay algo que pueda hacerse, quiero que se haga con el asesoramiento de profesionales que no estén implicados emocionalmente en nuestra historia.