Tragué saliva y continué leyendo.
«Sé que nuestra boda fue inesperada. Sé que probablemente piensas que lo hice porque tenía miedo de morir sola. Pero quiero que sepas que no te pedí que te casaras conmigo por lástima, ni porque necesitara que alguien me acompañara hasta el final.
Te lo pedí porque, durante los meses más oscuros de mi vida, fuiste la persona que me recordó que todavía podía reírme.
Y porque me enamoré de ti, Lucas.
Me enamoré de tus ojeras cuando llevabas demasiadas horas trabajando. De cómo fingías estar enfadado cuando te llamaba doctor gruñón. De cómo te quedabas unos minutos más en mi habitación cuando creías que yo estaba dormida.
Me enamoré de ti mucho antes de que tú supieras lo que sentías por mí».
Tuve que detenerme.
Las lágrimas caían sobre el papel y las palabras empezaban a volverse borrosas.