Un sábado, varias semanas después, me pidió que lo acompañara al bosque.
Esta vez, mi madre vino con nosotros.
No entramos en el agua. Nos sentamos junto al arroyo, bajo el viejo roble que mi abuelo recordaba de su infancia.
El sol se reflejaba en la corriente y, durante un rato, nadie dijo nada.
Finalmente, mi abuelo tomó mi mano.
—Emily, hay algo que necesito pedirte.
Lo miré.
—¿Qué pasa, abuelo?
—Quiero que me prometas que nunca volverás a cargar con mis miedos como si fueran tuyos.
Las lágrimas me llenaron los ojos.
—Pero quiero ayudarte.
—Y puedes hacerlo —respondió—. Puedes acompañarme, escucharme y quererme. Pero no tienes que salvarme tú sola.
Mi madre apoyó la cabeza en el hombro de su padre.
—Eso es lo que hace una familia —dijo—. Nos ayudamos, pero no nos escondemos cuando tenemos miedo.
Mi abuelo sonrió débilmente.