Sentí una punzada de dolor.
—Un poco tarde para eso.
—Sí —respondió ella.
Su sinceridad me desconcertó.
Abrió la bolsa y sacó un pequeño frasco de cristal.
Contenía flores de jazmín secas.
—Estas son de la nueva variedad de Aurora. Liang las cultiva en el invernadero de nuestra casa.
Reconocí su aroma.
Durante un segundo volví a tener veinticinco años, sentada en una mesa de cocina mientras mi marido me explicaba, emocionado, sus últimos resultados.
Clara me observó.
—Siempre me ha dicho que odia las mentiras. Pero anoche, cuando habló de ti, entendí que también lleva tres años contándose una historia que le resulta más fácil creer.
Miré el frasco.
—¿Por qué me lo dices?
—Porque necesito saber si lo que está investigando puede ponerlo en peligro.
Mi silencio fue suficiente.
Clara apoyó una mano sobre su vientre.
—No voy a pedirte que desaparezcas de nuestras vidas, Xia. Él y yo estamos casados. Nos queremos. Vamos a tener una hija.