Me aparté de la puerta.
—Entonces escucha bien: si sigues haciendo preguntas, alguien puede salir herido.
Su expresión cambió.
—¿Te están amenazando?
Justo entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje.
«El profesor ya ha llegado a tu edificio. Bonita manera de seguir instrucciones».
Liang debió notar el color que desaparecía de mi rostro.
—Xia…
Cerré la puerta de golpe.
Me quedé apoyada contra ella, respirando con dificultad.
Al otro lado escuché su voz.
—No voy a irme hasta saber que estás a salvo.
Aquellas palabras, que tres años atrás habría deseado escuchar más que ninguna otra cosa, me hicieron llorar.
Pero no abrí.
Porque había aprendido que amar a alguien no significa poder confiar en él.
La mujer del ramo de jazmines
Esa tarde recibí otra visita.
Una mujer joven esperaba frente al edificio, protegida por un paraguas azul oscuro.
La reconocí inmediatamente.