Y murió aquella noche.
Sin embargo, tres años después, en los pasillos de la universidad todavía se decía que había sido mi amante.
Alguien había conseguido convertir a un hombre muerto en el villano de una historia que jamás tuvo oportunidad de desmentir.
Volví a leer el mensaje.
«Esta vez no podrás protegerlo».
El teléfono vibró.
Número desconocido.
Contesté sin hablar.
—¿Has recibido el sobre? —preguntó una voz masculina.
Sentí un frío que no tenía nada que ver con la lluvia.
—¿Quién eres?
—Alguien que te aconseja no repetir el error de hace tres años.
—¿Qué quieres?
—Que convenzas a Liang de abandonar la investigación sobre el proyecto Aurora.
Miré hacia la ventana.
Desde mi tercer piso apenas distinguía los edificios del otro lado del callejón.
—Ese proyecto terminó hace años.
El hombre soltó una breve carcajada.