Durante dos años alimenté cada domingo a una anciana que solo tenía monedas para un caldo. Un día llegó su hijo millonario y descubrí que había comprado el edificio para convertirlo en un hotel. “Mi madre nunca me habló de este lugar”, aseguró. Le mostré la mesa donde ella lo esperaba cada semana. Pero cuando leyó la carta escondida en su bolso, comprendió que estaba a punto de destruir mucho más que un restaurante.

Alejandro comenzó a dudar.

El domingo siguiente entró en La Bugambilia acompañado de Lorena.

El restaurante estaba lleno.

Mariana se acercó con su habitual sonrisa.

—Buenas tardes. ¿Cómo sigue doña Teresa?

Alejandro no respondió.

—¿Cuánto dinero ha gastado usted en ganarse la confianza de mi madre?

La sonrisa desapareció de su rostro.

—No entiendo.

—¡Ciento ochenta mil pesos! ¡Eso pretendía quitarle a una mujer enferma!

Todos los clientes voltearon.

—¡Yo jamás le pedí dinero! —respondió Mariana.

Lorena soltó una carcajada.

—Claro. Las mujeres como tú siempre dicen lo mismo cuando las descubren.

Don Rogelio salió de la cocina.

Al escuchar la acusación, señaló la puerta.

—¡Estás despedida, Mariana! ¡No voy a tener ladronas trabajando aquí!

Mariana miró a Alejandro.

El hombre que había leído la carta de su madre estaba permitiendo que la humillaran delante de todos.

Se quitó el mandil, lo dobló cuidadosamente y lo dejó sobre el mostrador.

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