Su voz tembló.
—Cada transferencia llegaba con un mensaje automático del banco. Ni siquiera había una llamada tuya.
Alejandro bajó la cabeza.
—Por eso fui guardando ese dinero. No quería gastarlo. Me recordaba todas las veces que no habías podido venir.
—Lo siento, mamá.
—Cuando conocí a Mariana, supe que llevaba años ahorrando para abrir una fonda. Un lugar pequeño, con seis mesas. Había calculado que necesitaba unos doscientos cincuenta mil pesos para comenzar.
La anciana sonrió débilmente.
—Ella tenía una parte. Yo quería ayudarla con el resto. Por primera vez aquel dinero podía servir para algo que realmente me hiciera feliz.
Alejandro comprendió entonces que su madre no estaba actuando por confusión ni por debilidad.
Había tomado una decisión consciente.
Y él había tratado esa decisión como si una mujer de 81 años ya no tuviera derecho a decidir sobre su propia vida.