—¿Cómo está?
La doctora sonrió, cansada.
—La intervención salió conforme a lo previsto. Lucía está estable y pasará a cuidados intensivos para vigilancia.
Ian comenzó a llorar.
Yo también.
Nos abrazamos sin pensar.
Por unos segundos, desaparecieron las mentiras, las discusiones y el dolor.
Solamente existía el alivio de saber que Lucía había superado la operación.
Durante las semanas siguientes, mi vida cambió por completo.
Visitaba a Lucía casi todos los días.
Le llevaba cuentos, colores y pequeños rompecabezas.
Aprendí que le encantaban las fresas, que tenía miedo a los truenos y que soñaba con conocer el mar.
También descubrí que Ian era un padre extraordinario.
Sabía exactamente cómo tranquilizarla cuando tenía pesadillas.
Conocía sus medicamentos, sus canciones favoritas y hasta la forma especial en que le gustaba que acomodaran sus almohadas.