Mary sonrió levemente.
—Sí, los había oído.
—Entonces, ¿por qué vino?
La joven guardó silencio unos segundos antes de contestar.
—Mi madre me crió sola después de que mi padre muriera. Trabajaba muchas horas y, cuando yo era pequeña, a veces me portaba mal para conseguir que me prestara atención. No siempre sabía cómo decirle que la extrañaba.
Daniel la escuchó sin interrumpirla.
—Mi madre hizo lo que pudo —continuó Mary—. Pero, cuando murió, me di cuenta de cuántas cosas me había guardado por miedo a preocuparla. No quiero que estos niños crezcan creyendo que tienen que portarse mal para que alguien los escuche.
Daniel sintió un profundo respeto por aquella joven.
No había llegado a la mansión con una solución mágica.
Había llegado con paciencia, sentido común y la disposición de escuchar.