Y tenía una historia que contar.
No la historia de una mujer que esperó cincuenta y cinco años para que un hombre regresara.
Sino la historia de dos personas que se perdieron, vivieron vidas que jamás habían imaginado y tuvieron una última oportunidad de encontrarse.
Antes de subir al avión, miré el cielo una vez más.
—Vuelve a casa, Thomas —susurré.
Y esta vez, cuando el avión despegó, no sentí que me alejara de él.
Sentí que por fin estaba volviendo a mí misma.
Porque algunos amores no terminan cuando alguien desaparece. Pero tampoco tienen que convertirse en una espera eterna. A veces, el último regalo del amor es la verdad; y a veces, la despedida que llega cincuenta y cinco años tarde es precisamente la que nos permite seguir viviendo.