Sonreí.
Porque, después de cincuenta y cinco años creyendo que mi historia de amor había terminado en una guerra, descubrí que la verdad era mucho más complicada y, al mismo tiempo, mucho más humana.
Thomas había vivido.
Había amado a otra mujer.
Había sido padre.
Había cometido errores y había pasado décadas lamentando su silencio.
Y, finalmente, había regresado a mi vida el tiempo suficiente para que pudiéramos despedirnos de verdad.
Nunca volveríamos a tener veintiún años.
Nunca compartiríamos aquel café barato en la universidad.
Pero yo ya no necesitaba quedarme atrapada en la última noche antes de su partida.
Podía recordar nuestro amor sin dejar que la ausencia decidiera el resto de mi vida.
Guardé la fotografía en mi bolso y emprendí el camino de regreso.
A mis setenta y tantos años, todavía tenía días por delante. Tenía amigos, libros que no había leído y lugares que aún quería conocer.